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La Coctelera

Misioneros en Nampula (Mozambique)

28 Marzo 2006

Dios es amor.

En la primera encíclica de su Pontificado, hecha pública el pasado 25 de enero, el Papa Benedicto XVI no se ha querido ir por las ramas y ha querido exponer el fundamento del cristianismo para decir a toda la comunidad católica que “Dios es amor”. Y que, como continúa la frase de la Primera carta de Juan, “quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”. Un mensaje que el Santo Padre ha querido destacar en un momento en que con demasiada frecuencia “se relaciona el nombre de Dios con la venganza e incluso con la obligación del odio y la violencia”.

Pero ¿cómo es este amor de Dios que Él quiere para todo la Humanidad? Es, primeramente, un amor generoso, que se entrega gratuitamente a los demás sin pedir nada a cambio. “Ahora –dice el Papa–, el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio...”. Como ejemplo radical de esta entrega total, ahí está la crucifixión de Jesús. Y lo que supone un peldaño más en alcanzar la excelencia de este amor, la capacidad de perdonar, como sentimiento y gesto que capaz de restaurar la justicia allí donde fue pisoteada.

Resulta también un amor que descubre la alegría en la verdad y en la justicia. Por eso, “la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean comprensibles y políticamente realizables”. Es más, “para un mejor desarrollo del mundo es necesaria la voz común de los cristianos, su compromiso «para que triunfe el respeto de los derechos y de las necesidades de todos, especialmente de los pobres, los marginados y los indefensos»”. Porque, además, este amor de Dios opta preferencialmente por los pobres, con los que Jesús se identificó: “los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados”. Y lo hace desde la humildad y sencillez. “No adopta una posición de superioridad ante el otro, por miserable que sea momentáneamente su situación. Cristo ocupó el último puesto en el mundo –la cruz–, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente”.

El amor de Dios busca el bien integral del ser humano. Por un lado, “busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos”, pero sin tratar de imponer a los demás la fe; y por otro, “busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana”. Ninguna dimensión –espiritual, social, económica, política– ha de ser descuidada.

Estos son algunos de los aspectos del amor de Dios, el que Él quiere que practiquemos entre todos nosotros: un amor “que ilumina constantemente a un mundo oscuro”, que “nos da la fuerza para vivir y actuar”. A eso invita el Papa Benedicto XVI al mundo con su primera encíclica: a “vivir el amor y, así, llevar la luz al mundo”.

 

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